Por el presidente Dieter F. Uchtdorf Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Una de las cosas que más me gustaban de volar en
avión era salir de un aeropuerto oscuro y lluvioso, ascender
a través de espesas y amenazantes nubes de invierno y,
entonces, repentinamente, traspasar la oscura neblina y ganar una
pronunciada altitud hacia el sol brillante y un interminable cielo
azul.
A menudo me maravillaba la semejanza que existe entre este
fenómeno físico y nuestra vida. ¿Cuán a
menudo nos encontramos en medio de nubes amenazantes y un clima
tormentoso preguntándonos si en algún momento la
oscuridad se desvanecerá? ¡Si tan solo existiera la
manera de elevarnos por encima de la confusión de la vida y
abrirnos camino hacia un lugar de paz y tranquilidad!.
Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los
Últimos Días sabemos que esto es posible: existe el
modo de elevarse por encima de las turbulencias de la vida
cotidiana. El conocimiento, la compresión y la guía
que recibimos gracias a la palabra de Dios y a la guía de
los profetas de la actualidad nos muestran la manera precisa de
hacerlo.
Fuerza propulsora
A fin de logra que un avión despegue, debe producirse la
fuerza propulsora. En aerodinámica, la fuerza propulsora se
produce cuando el aire pasa sobre las alas de un avión de
manera tal que la presión que hay debajo del ala sea mayor
que la presión que hay sobre ella. Cuando la fuerza
propulsora supera a la fuerza de la gravedad, el avión se
levanta del suelo y empieza a volar.
De manera semejante, nosotros podemos crear una fuerza
propulsora en nuestra vida. Cuando la fuerza que nos empuja en
dirección al cielo es mayor que las tentaciones y la
aflicción que nos arrastran hacia abajo, podemos ascender y
remontarnos al reino del Espíritu.
Los diccionarios describen la fuerza propulsora como la fuerza
que lleva o dirige a un objeto de una posición inferior a
una superior; el poder o la fuerza disponible para elevar a un
nuevo nivel o altitud; una fuerza que actúa en una
dirección accedente, que resiste la gravedad.
El salmista tiene la mira puesta en algo mucho más alto:
"a ti, oh Jehová, levantare mi alma" (Salmos 25:1) y "Alzare
mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi
socorro? Mi socorro viene de Jehová" (Salmos 121:1-2).
Alzamos nuestros ojos hacia el Dios del cielo al cultivar
nuestra propia espiritualidad; lo hacemos al vivir en
armonía con el Padre; el Hijo, nuestro Salvador; y el
Espíritu Santo; lo hacemos al esforzarnos por ser
verdaderamente "sumiso (s), manso (s), humilde(s), paciente (s),
lleno(s) de amor y dispuesto (s) a someter (nos) a cuanto el
Señor juzgue conveniente imponer sobre (nosotros), tal como
un niño se somete a su padre" (Mosiah 3;19 ).
La oración sincera del corazón
justo
Si bien hay muchos principios del Evangelio que nos ayudan a
lograr la fuerza propulsora, quisiera céntrame un uno en
particular. La oración es uno de los principios del
Evangelio que nos ayuda a elevarnos. La oración tiene el
poder de elevarnos por encima de las preocupaciones del mundo, de
llevarnos más allá de las nubes de
desesperación y oscuridad, hacia un horizonte
resplandeciente y despejado.
Una de las más grandes bendiciones, privilegios, y
oportunidades que tenemos como hijos de nuestro Padre Celestial es
que podemos comunicarnos con El. Podemos hablar con El de las
experiencias, pruebas y bendiciones de nuestra vida. Podemos
escuchar para recibir guía celestial por medio del
Espíritu Santo. Podemos ofrecer nuestras peticiones al cielo
y recibir la seguridad de que nuestras oraciones han sido
escuchadas y de que El las contestara común Padre amoroso y
sabio.
Las oraciones que ascienden más allá del techo son
aquellas que son sinceras y en las cuales se evitan las
repeticiones o las palabras que se dicen sin considerarlas
detenidamente. Nuestras oraciones deben surgir de nuestro anhelo
más profundo de ser uno con nuestro Padre que está en
los cielos.
La oración, cuando se ofrece fe, es aceptable para Dios
en todo momento, si en alguna ocasión siente que pueden
orar, es el momento en que definitivamente deben orar y ejercitar
la fe. Nefi enseño con sencillez: "Si escuchaseis al
Espíritu (de Dios) que enseña al hombre a orar,
sabrías que os es menester orar; porque el espíritu
malo...le enseña que no debe orar" (2 Nefi 32:8).
El presidente Harold B. Lee (1899-1973) enseño: "La
oración sincera del corazón recto abre a toda persona
la puerta de la sabiduría divina y de la fortaleza para
lograr aquello que tan justamente busca".
¿Se contestan las oraciones? Testifico que así
es.
¿Podemos recibir ayuda, sabiduría y apoyo divinos
de los reinos celestiales? Una vez más, testifico que
realmente así es.
La obediencia nos garantiza la respuesta a nuestras oraciones.
En el nuevo Testamento, leemos que "cualquiera cosa que
pidiéramos la recibiremos de él, porque guardamos sus
mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de
él" (1 Juan 3:22).
Las respuestas a nuestras oraciones llegan en el debido tiempo
del Señor. A veces quizá sintamos frustración
debido a que el Señor ha demorado en contestar
nuestras oraciones. En esas ocasiones, debemos entender que El sabe
lo que nosotros no sabemos; El ve lo que nosotros no vemos.
Confiemos en El. El sabe lo que mejor para sus hijos; y, como es un
Dios perfecto; El contestara nuestras oraciones de manera perfecta
y en el momento perfecto.
En otras ocasiones, las respuestas a nuestras oraciones llegaran
en seguida. El profeta Jose Smith aprendió lo siguiente en
una revelación que le fue dada en Kirtland en 1831: "El que
pide en el Espíritu, pide según la voluntad de Dios;
por tanto, es hecho conforme a lo que pide") D. y C.
46:30; cursiva agregada). ¡Qué grandiosa promesa!
Una nueva visión
La oración es un don celestial que tiene por objeto
ayudarnos a alcanzar la fuerza propulsora espiritual; realza y
cultiva nuestra relación con Dios. ¿No es grandioso
que podamos conversar con la suprema Fuente de sabiduría y
compasión del universo en cualquier momento que deseemos y
en cualquier lugar?
La oración diaria, sencilla, sincera y poderosa nos
permite elevarnos a una altitud espiritual superior. En nuestras
oraciones alabamos a Dios, le damos gracias, confesamos nuestras
debilidades, exponemos nuestras necesidades y expresamos profunda
devoción a nuestro Padre Celestial. Al realizar este
esfuerzo espiritual en el nombre de Jesucristo el Redentor, somos
investidos con más inspiración, revelación y
rectitud que traen el brillo del cielo a nuestra vida.
Recuerdo los días en que era piloto y las ocasiones en
que las nubes espesas y los truenos amenazantes hacían que
todo pareciera oscuro y deprimente. A pesar de cuan lóbrego
parecía todo desde mi punto de vista terrenal, sabía
que, por encima de las nubes, el sol resplandecía con
fulgor, como una joya deslumbrante en un océano de cielos
azules. Yo tenía fe en que tal fuera el caso:
sabía que así era. Lo sabía porque lo
había experimentado por mi mismo; no tenía que
confiar en las teorías ni en las creencias de otras
personas. Lo sabía.
Tal como la fuerza propulsora aerodinámica puede
transportarnos por encima de las tormentas más remotas del
mundo, se que los principios de la fuerza propulsora espiritual
pueden elevarnos por encima de las tormentas interiores de la
vida.
Y se algo más. A pesar de que fue una experiencia
impresionante el traspasar las nubes y volar hacia el horizonte
azul, eso no es nada comparado con las maravillas de lo que todos
podemos experimentar al elevar nuestro corazón en humilde y
ferviente oración.
La oración nos ayuda a superar las épocas
tormentosas; nos ayuda a vislumbrar ese cielo azul que no podemos
ver desde nuestro punto de vista terrenal y nos revela una nueva
visión: un horizonte glorioso y espiritual lleno de
esperanza y la convicción de las grandes bendiciones que el
Señor les ha prometido a aquellos que lo aman y lo
siguen.
NOTAS
•1. Vease, por
ejemplo, Merriam-Webster's Collegiate Dictionary, 11 edicion, 2003,
"lift", pags. 719-719.
•2. 2. Harld B. Lee,
Stand Ye in Holy Places, 1974, pag.318
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