Elder Henry B. Eyring Primer Consejero de la Primera Presidencia
Hay una canción que oí por primera vez cuando era
niño, una canción sobre la Navidad y el hogar.
Aquellos eran tiempos de guerra en los que muchas personas se
hallaban lejos de su hogar y su familia, días negros para
los que temían no volver a reunirse en esta vida con sus
seres amados. Recuerdo lo que sentí poco antes de Navidad al
pasar por una casa en camino a la escuela y ver en la ventana una
pequeña bandera con una estrella dorada; allí
vivía una niña a la que conocía de la escuela
y cuyo hermano, no muchos años mayor que yo, había
muerto en a guerra. Conocía también los padres y, en
parte, percibía o que ellos sentían. En elregreso a
casa después de las clases, me sentía agradecido por
la xpectativa de la alegre bienvenida que me esperaba en mi
hogar.
Cuando encendía la radio en
nuestra sala durante la época navideña, escuchaba
palabras y música que todavía conservo en la memoria.
Unos versos de aquella canción me tocaban el corazón
por el anhelo que expresaban de estar con familia. En ese tiempo
vivía con mis padres y hermanos en un hogar feliz,
así que presentía que ese anhelo era algo más
que el estar en una casa o con la vida familiar que disfrutaba
entonces; se relacionaba con un lugar y una vida del futuro,
aún mejores de lo que conocía o podía siquiera
imaginar.
La parte de la canción que
recuerdo más es: "Estaré en mi hogar para Navidad,
aunque sólo sea en mis sueños" 1. La casa en la que
adornaba el árbol de Navidad con mi madre y mi padre en
aquellos días felices de mi infancia todavía existe y
no ha cambiado mucho. Hace unos años volví a ella y
llamé a la puerta; los que me recibieron eran desconocidos
para mí, pero me dejaron entrar en los cuartos donde
había estado la radio y donde nuestra familia se
reunía alrededor del árbol de Navidad.
Me di cuenta entonces de que el deseo
de mi corazón no se relacionaba con el estar en una casa,
sino que era el deseo de estar con mi familia, de sentirme envuelto
en el amor y en la luz de Cristo, aun más de lo que nuestro
pequeño grupo familiar había sentido en el hogar de
mi infancia.
El anhelo de un amor
eterno
Lo que todos nosotros anhelamos
profundamente, en la época navideña y siempre, es
sentirnos ligados por el amor con la dulce certeza de que esa
unión durará eternamente. Tal es la promesa de la
vida eterna, de la cual Dios ha dicho que es Su don más
grandioso para Sus hijos (véase D. y C. 14:7), y se hace
posible gracias a los dones de Su Hijo Amado: el nacimiento, la
expiación y la resurrección del Salvador. Es por
medio de la vida y la misión de Él que tenemos la
seguridad de que podremos seguir unidos en amor y vivir con nuestra
familia eternamente.
Ese sentimiento de anhelo por el hogar es innato en nosotros. Es un
sueño maravilloso que no puede hacerse realidad sin tener
gran fe, lo suficiente como para que el Espíritu Santo nos
guíe al arrepentimiento, al bautismo y a hacer y mantener
convenios sagrados con Dios. Esa fe exige que soportemos
valerosamente las pruebas de la vida terrenal; y luego, en la vida
venidera, recibir de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo Amado una
bienvenida a aquel hogar de nuestros sueños. Incluso en esta
vida podemos tener la certeza de que llegará ese día
y sentir algunos de los gozos que experimentaremos cuando por fin
lleguemos al hogar. La celebración del nacimiento del
Salvador en Navidad nos ofrece oportunidades especiales de
disfrutar de ellos en esta vida.
Cómo encontrar el gozo
prometido
Muchos de nosotros hemos perdido a
seres queridos por la muerte. Tal vez estemos rodeados de personas
que tratan de destruir nuestra fe en el Evangelio y las promesas de
vida eterna que nos ha hecho el Señor; algunos estaremos
afligidos por enfermedades y por la pobreza; otros quizás
enfrenten contención en su familia o no tengan ningún
familiar. Aun así, podemos pedir que la luz de Cristo nos
ilumine y nos permita ver y sentir algunos de los prometidos gozos
que nos esperan.
Por ejemplo, al reunirnos en ese hogar
celestial, estaremos rodeados por los que hayan sido perdonados de
todo pecado y, a su vez, se hayan perdonado los unos a los otros;
podemos disfrutar algo de ese gozo ahora, especialmente al recordar
y celebrar los dones que el Salvador nos ha dado. Él vino al
mundo para ser el Cordero de Dios, para pagar el precio de todos
los pecados de los hijos de Su Padre en la vida terrenal, a fin de
que todos reciban el perdón. En la época de Navidad,
sentimos un deseo más grande de recordar al Salvador y
meditar sobre Sus palabras; Él nos advierte que no se nos
puede perdonar a menos que perdonemos a los demás
(véase Mateo 6:14-15), lo cual muchas veces es
difícil; por eso, deben orar para pedir ayuda. Muchas veces
recibirán esa ayuda para perdonar si se les permite ver que
ustedes han causado tanto o mayor dolor del que han recibido de
otros.
Si actúan conforme a la
respuesta que reciban a su oración de pedir fortaleza para
perdonar, sentirán que se ha levantado un peso de sus
hombros. El resentimiento es una carga muy pesada; pero al
perdonar, sentirán el gozo de ser perdonados. En esta
época navideña pueden ofrecer y recibir el regalo del
perdón; la felicidad que sentirán entonces
será una vislumbre de lo que sentiremos juntos en ese hogar
eterno que anhelamos.
Sintamos el gozo de
dar
Nos alienta el ver la bondad de otras
personas en la época navideña. ¿Cuántas
veces han ido a dejar un regalo en el umbral de una puerta,
esperando que nadie los viera, y se han encontrado con regalos que
otro ya había dejado allí? O, habiendo tenido la
impresión de ayudar a alguien, como me ha pasado a
mí, se han enterado después de que tuvieron la
inspiración de dar exactamente lo que esa persona necesitaba
en aquel preciso momento. Eso nos da la maravillosa seguridad de
que Dios conoce todas nuestras necesidades y cuenta con nosotros
para atender a las de los que nos rodean.
Hay otra vislumbre de ese futuro hogar gozoso que podemos
percibir mejor en Navidad: es el sentimiento de dar con un
corazón generoso, y lo experimentamos al pensar más
en las necesidades de los demás que en las nuestras y al
comprender lo generoso que ha sido Dios con nosotros.
Él nos envía esos
mensajes durante los días de Navidad con mayor confianza,
sabiendo que responderemos porque nuestro corazón
está más receptivo al ejemplo del Salvador ya las
palabras de Sus siervos. Es la época en la que es más
probable que hayamos leído recientemente lo que dijo el rey
Benjamín y nos hayamos conmovido con sus palabras. Él
enseñó a su pueblo, así como a nosotros, que
el asombroso regalo del perdón que recibimos debe hacernos
sentir llenos de generosidad hacia los demás:
"Y he aquí, ahora mismo
habéis estado invocando su nombre, suplicando la
remisión de vuestros pecados. ¿Y ha permitido
él que hayáis pedido en vano? No; él ha
derramado su Espíritu sobre vosotros, y ha hecho que
vuestros corazones se llenaran de alegría, y ha hecho callar
vuestras bocas de modo que no pudisteis expresaros, tan
extremadamente grande fue vuestro gozo.
"Y ahora bien, si Dios, que os ha
creado, de quien dependéis por vuestras vidas y por todo lo
que tenéis y sois, os concede cuanta cosa justa le
pedís con fe, creyendo que recibiréis, ¡oh
cómo debéis entonces impartiros el uno al otro de
vuestros bienes!
"Y si juzgáis al hombre que os
pide de vuestros bienes para no perecer, y lo
condenáis, cuánto más justa será
vuestra condenación por haberle negado vuestros bienes, los
cuales no os pertenecen a vosotros sino a Dios, a quien
también vuestra vida pertenece; y con todo, ninguna
petición hacéis, ni os arrepentís de lo que
habéis hecho.
"Os digo: ¡Ay de tal hombre,
porque sus bienes perecerán con él! Y digo estas
cosas a los que son ricos en lo que toca a las cosas de este mundo"
(Mosíah 4:20-23). Ustedes ya han sentido el gozo de dar y de
recibir generosamente; ese gozo en esta vida es un atisbo de lo que
sentiremos en la vida venidera si somos generosos aquí
motivados por nuestra fe en Dios. El Salvador es nuestro
magnífico ejemplo, y en Navidad volvemos a reflexionar en
quién es Él y en la generosidad que Él nos
extendió al venir al mundo para ser nuestro Salvador.
Por ser el Hijo de Dios, nacido de
María, Él tuvo el poder de resistir toda
tentación al pecado; y vivió una vida perfecta a fin
de ser la ofrenda de sacrificio infinito, el Cordero sin mancha
prometido desde el principio del mundo (véase Apocalipsis
13:8). Él sufrió el tormento de la culpa de nuestros
pecados y de todos los de los hijos del Padre Celestial, para que
podamos ser perdonados y volver limpios al hogar.
Nos otorgó esa dádiva a
un precio que no podemos siquiera concebir; fue un don que a
Él no le hacía falta pues no tenía necesidad
de ser perdonado. El gozo y la gratitud que sentimos ahora por Su
dádiva serán magnificados y perdurarán
eternamente cuando lo honremos y lo adoremos en nuestro hogar
celestial.
La época de la Navidad nos anima
a recordarlo y a pensar en Su generosidad infinita; el recordar esa
generosidad contribuirá a que sintamos la inspiración
de que hay alguien que necesita nuestra ayuda y respondamos a ella,
y nos permitirá ver la mano de Dios que se extiende hasta
nosotros cuando Él nos envía a una persona que nos
auxilie, como lo hace tantas veces. Hay gozo en dar y en recibir la
generosidad que Dios inspira, especialmente en Navidad.
Somos bendecidos con Su
Luz
H ay otro vislumbre del cielo que se
aprecia con más facilidad en la Navidad: es la luz. El Padre
Celestial hizo uso de la luz para anunciar el nacimiento de Su
Hijo, nuestro Salvador (véase Mateo 2; 3 Nefi 1), con una
estrella nueva que fue visible tanto en el hemisferio oriental como
en el occidental y que condujo a los Reyes Magos hasta donde estaba
el Niño en Belén. Incluso el malvado rey Herodes
reconoció la señal y tuvo miedo, porque era inicuo.
Los magos se regocijaron por el nacimiento del Cristo, que es la
Luz y la Vida del mundo. Y Dios dio como señal a los
descendientes de Lehi tres días de luz, sin oscuridad, para
anunciarles el nacimiento de Su Hijo.
En la Navidad recordamos no sólo
la luz que anunció que Cristo había nacido en el
mundo sino también la que proviene de Él. Muchos son
los testigos que la han confirmado. Pablo testificó que la
vio en su camino a Damasco:
"...vi una luz del cielo que
sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a
mí y a los que iban conmigo. "Y habiendo caído todos
nosotros en tierra, oí una voz que me hablaba, y
decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué
me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el
aguijón.
"Yo entonces dije: ¿Quién
eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a
quien tú persigues" (Hechos 26:13-15). José Smith,
siendo muchacho, testificó que había visto una luz
maravillosa en una arboleda de Palmyra, Nueva York, al principio de
la Restauración:
"...precisamente en este momento de tan
grande alarma vi una columna de luz, más brillante que el
sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente
descendió hasta quedar sobre mí.
"No bien se apareció, me
sentí libre del enemigo que me había sujetado. Al
reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a
dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción.
Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y
dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado:
¡Escúchalo!" ( José Smith-Historia
1:16-17).
Esa luz será visible en nuestro
hogar celestial y nos brindará gozo. Sin embargo, por medio
de la Luz de Cristo, incluso en esta vida ustedes han sido
bendecidos con una porción de esa magnífica
experiencia. Toda persona que nace en el mundo recibe esa luz como
un don (véase Moroni 7:16). Piensen en las veces en las que
les ha ocurrido algo que los hace testigos de que la Luz de Cristo
es real y preciosa. En este pasaje de las Escrituras, que nos
ofrece una seguridad maravillosa, reconocerán que han sido
guiados por esa luz:
"Y lo que no edifica no es de Dios, y
es tinieblas. "Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y
persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace
más y más resplandeciente hasta el día
perfecto.
"Y... lo digo para que sepáis la
verdad, a fin de que desechéis las tinieblas de entre
vosotros" (D. y C. 50:23-25). En un mundo que está
oscureciéndose con imágenes depravadas y mensajes
deshonestos, ustedes han sido bendecidos para reconocer más
fácilmente los destellos de la luz y la verdad. Han
aprendido por experiencia propia que la luz resplandece con mayor
fulgor cuando la reciben con alegría; y se volverá
cada vez más brillante hasta el día perfecto en que
estemos en presencia de la Fuente de esa luz. Es más
fácil reconocerla en los días de la Navidad, cuando
estamos más motivados a orar para saber lo que Dios quiere
que hagamos y cuando estamos más inclinados a leer las
Escrituras y, por lo tanto, más propensos a dedicarnos a la
obra del Señor. Cuando perdonamos y recibimos perdón,
cuando levantamos las manos caídas (véase D. y C.
81:5), nosotros mismos somos elevados al encaminarnos hacia la
Fuente de la luz.
Recordarán que en el Libro de
Mormón se describe una circunstancia gloriosa cuando en los
fieles discípulos del Salvador se reflejó Su luz,
para que otras personas la vieran (véase 3 Nefi 19:24-25).
Nosotros utilizamos luces para celebrar la Navidad. La forma en que
adoramos al Salvador y el servicio que le rendimos brindan luz a
nuestra vida y a la de aquellos que nos rodean. Podemos
establecernos con confianza la meta de hacer que esta Navidad sea
más resplandeciente que la última, y que cada
año que siga lo sea más y más. Las pruebas de
la vida terrenal podrán aumentar en intensidad, pero la
oscuridad no tiene porqué aumentar para nosotros si
enfocamos la vista más particularmente en la luz que nos
ilumina al seguir al Maestro. Él nos guiará y nos
auxiliará a lo largo del sendero que conduce hacia aquel
hogar que anhelamos.
Ha habido momentos, muchas veces en
Navidad, en los que hemos percibido parte de lo que
experimentaremos cuando por fin lleguemos al hogar, al Padre que
nos ama y contesta nuestras oraciones y al Salvador que ha
iluminado nuestra vida y nos ha ennoblecido.
Testifico que, gracias a Él,
ustedes pueden tener la seguridad de volver al hogar no sólo
en Navidad sino también para vivir eternamente con una
familia a la que aman y cuyos miembros se aman entre sí.
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Nota
1 . James "Kim" Gannon, "I'll Be Home
for Christmas" ["Estaré en mi hogar para Navidad"],
1943.
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