Thomas S. Monson Presidente de la Iglesia
En esta época del año, las ondas
radiofónicas están llenas de música
navideña. Mi corazón se remonta muchas veces a mi
hogar natal y a Navidades pasadas al escuchar algunas de mis
canciones predilectas de Navidad, tal como ésta:
¡Ah! No hay nada como el hogar
para las Fiestas, pues no obstante
lo mucho que te puedas alejar,
si quieres ser feliz de mil maneras
para las Fiestas, nada supera
al hogar, el dulce hogar 1.
Una escritora dijo: "Otra vez Navidad, siempre el momento del
regreso. Al destacarse por su misterio, su espíritu y magia,
de cierto modo la época parece quedar suspendida en el
tiempo. La importancia de todo lo que nos es querido, que es
duradero, se renueva: Hemos regresado al hogar" 2.
El presidente David O. McKay (1873-1970) dijo: "La verdadera
felicidad se obtiene solamente al hacer felices a otras personas, o
sea, en la aplicación práctica de la doctrina del
Salvador de perder la vida para hallarla. En resumen, el
espíritu de la Navidad es el espíritu de Cristo que
ilumina nuestro corazón con amor fraternal y amistad, y que
nos inspira a rendir actos bondadosos de servicio. "Es el
espíritu del evangelio de Jesucristo, por cuya obediencia se
obtendrá 'paz en la tierra', porque significa buena voluntad
hacia todos los hombres" 3.
El dar, no el recibir, hace florecer plenamente el
espíritu de la Navidad. Se perdona a los enemigos, se
recuerda a los amigos y se obedece a Dios. El espíritu de la
Navidad ilumina la ventana panorámica del alma por la que
contemplamos la vida agitada del mundo y nos hace interesarnos
más por las personas que por los objetos. Para comprender el
verdadero significado del "espíritu de la Navidad",
sólo tenemos que recordar de quién es el nacimiento
que celebramos ese día y entonces se convierte en el
"Espíritu de Cristo".
Lo recordamos a Él
Si tenemos el espíritu de la Navidad, recordamos a Aquel
cuyo nacimiento conmemoramos en esta época del año.
Con la imaginación, contemplamos aquella primera
Navidad predicha por los profetas de la antigüedad. Así
como yo, ustedes recordarán las palabras de Isaías:
"He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz
un hijo, y llamará su nombre Emanuel" 4, que significa "Dios
con nosotros".
En el continente americano, los profetas dijeron: "Porque he
aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en
que con poder, el Señor Omnipotente... morará en un
tabernáculo de barro... sufrirá tentaciones, y
dolor... Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios"
5.
Entonces llegó aquella noche de noches en que los
pastores se hallaban en los campos y el ángel del
Señor apareció ante ellos, anunciándoles el
nacimiento del Salvador.
Más adelante, los magos viajaron desde el Oriente hasta
Jerusalén, "diciendo: ¿Dónde está el
rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos
visto en el oriente, y venimos a adorarle ...
"Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. "Y al
entrar en la casa, vieron al niño con su madre María,
y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le
ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra" 6.
Los tiempos cambian; los años pasan en rápida
sucesión; pero la Navidad continúa siendo sagrada. En
esta maravillosa dispensación de la plenitud de los tiempos,
las oportunidades que tenemos de dar parte de nosotros mismos son
verdaderamente ilimitadas, pero también son perecederas. Hay
corazones que alegrar, palabras bondadosas que expresar, regalos
que dar, buenas acciones que llevar a cabo. Hay almas que
salvar.
Un regalo de Navidad
En el siglo pasado, a principios de los años 30, Margaret
Kisilevich y su hermana Nellie dieron un regalo de Navidad a sus
vecinos, la familia Kozicki, que éstos recordaron por el
resto de su vida y que llegó a ser una inspiración
para todos los miembros de esa familia.
En esa época, Margaret vivía en Two Hills,
Alberta, Canadá, una comunidad de granjeros poblada en su
mayor parte por inmigrantes ucranianos y polacos, que generalmente
tenían familias grandes y eran muy pobres. Eran los tiempos
de la gran depresión económica. La familia de
Margaret consistía de sus padres y los quince hijos de
ambos. La madre era una mujer industriosa y el padre era un hombre
emprendedor, y con todos aquellos hijos formaban un buen equipo de
trabajadores; por consiguiente, su hogar estaba siempre tibio en el
invierno y, a pesar de su humilde situación, nunca pasaban
hambre. En el verano cultivaban un enorme huerto, hacían
chucrut [repollo fermentado], requesón, crema agria y
encurtidos para hacer intercambio. También criaban aves,
cerdos y ganado para consumo. Tenían poco dinero, pero
podían cambiar todos esos productos por otros
artículos que ellos no producían.
La madre de Margaret tenía unos amigos con los cuales
había emigrado de su país; éstos eran
propietarios de una tienda de artículos generales, la que se
convirtió en un depósito donde la gente del lugar
donaba o trocaba ropa, zapatos, etc., de segunda mano. Muchos de
esos artículos pasaron a la familia de Margaret.
Los inviernos en Alberta eran fríos, largos y rigurosos;
durante uno de ésos, Margaret y su hermana Nellie notaron la
pobreza de sus vecinos, la familia Kozicki, que vivían en
una granja a pocos kilómetros. Cuando el padre de esta
familia llevaba a los hijos a la escuela en su trineo hecho en
casa, siempre entraba en el edificio para calentarse junto a la
estufa antes de regresar a casa. El calzado de la familia
consistía en trapos y bolsas de arpillera que cortaban en
tiras y con las que se envolvían las piernas y los pies;
después las rellenaban de paja y las ataban con un
cordel.
Las dos niñas decidieron invitar, por medio de los
niños, a la familia Kozicki para la cena de Navidad;
también se pusieron de acuerdo en no hablar de la
invitación con nadie de su familia.
Llegó la mañana de Navidad y todos estaban muy
ocupados en los preparativos para el banquete del mediodía.
La noche anterior habían puesto en el horno el enorme trozo
de cerdo para asar; con anticipación, ya se habían
preparado los rollos de repollo, las rosquillas, los bollos de
ciruela y una bebida especial de azúcar acaramelada; para
completar el menú, había chucrut, encurtidos y
hortalizas surtidas. Margaret y Nellie estaban a cargo de preparar
las hortalizas frescas, y la madre les preguntó varias veces
por qué pelaban tantas papas, zanahorias y remolachas, pero
ellas se limitaron a seguir pelando sin decir nada.
El padre fue el primero en notar el trineo tirado por caballos y
lleno con trece personas que llegaba por el camino. Puesto que le
gustaban mucho todos los caballos, era capaz de reconocerlos a gran
distancia. "¿Por qué vienen para acá los
Kozicki?", le preguntó a la esposa, y ésta
contestó: "No lo sé". Una vez que llegaron, el
papá de Margaret ayudó al señor Kozicki a
poner los animales en el establo, y la esposa de éste
abrazó a la mamá de Margaret y le agradeció el
que los hubieran invitado para Navidad. Luego todos entraron en la
casa y las festividades comenzaron. Los adultos comieron primero; a
continuación, se lavaron los platos y cubiertos y los
niños comieron en turnos.
Fue un festín magnífico que se hizo mejor por
haberlo compartido. Después de que todos terminaron de
comer, cantaron villancicos y otras canciones de Navidad, tras lo
cual los adultos se sentaron otra vez a conversar.
La caridad en acción
Margaret y Nellie llevaron a los niños al dormitorio y
sacaron de debajo de la cama varias cajas llenas de ropa y calzado
de segunda mano que los comerciantes amigos de su madre les
habían regalado. A esto siguió un celestial desorden,
con un desfile de moda espontáneo mientras cada uno
elegía la ropa y el calzado que más le gustaba.
Hicieron tanto alboroto que el padre de Margaret fue a averiguar
a qué se debía todo ese ruido. Al ver la felicidad de
sus hijas y el regocijo de los niños de los Kozicki con sus
ropas "nuevas", sonrió y les dijo: "Sigan
divirtiéndose".
A primera hora de la tarde, antes de que se pusiera muy
frío y oscuro con la puesta de sol, la familia de Margaret
despidió a sus amigos, que se fueron bien alimentados, bien
vestidos y bien calzados.
Margaret y Nellie nunca contaron a nadie sobre su invitación
a los Kozicki y el hecho permaneció en secreto hasta 1998,
cuando al celebrar su Navidad número setenta y siete,
Margaret Kisilevich Wright lo contó por primera vez a su
familia, comentando que aquella había sido la mejor Navidad
de su vida.
Si queremos tener la mejor Navidad de nuestra vida, debemos
prestar atención al sonido de los pies calzados con
sandalias; debemos tratar de alcanzar la mano del Carpintero. Con
cada paso que demos en Sus huellas, abandonaremos una duda y
ganaremos una verdad. De Jesús de Nazaret se dijo que
"crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para
con Dios y los hombres" 7.
¿Tenemos nosotros la determinación de hacer lo
mismo?
Una línea de las santas Escrituras contiene un tributo a
nuestro Señor y Salvador, de Quien se dijo que "anduvo
haciendo bienes... porque Dios estaba con él" 8.
Ruego que en esta época de Navidad, y en todas las Navidades
venideras, sigamos Sus pasos. Entonces cada Navidad será la
mejor de nuestra vida. ■
NOTAS
1. Al Stillman y Robert Allen, "Home for the Holidays" ["Regreso
al hogar para las Fiestas"].
2. Elizabeth Bowen, "Home for Christmas", citado en la obra de Mary
Engelbreit, Believe: A Christmas Treasury ["Cree: Un tesoro
de
Navidad"], 1998, pág. 27.
3. David O. McKay, Gospel Ideals ["Ideales del Evangelio"], 1953,
pág. 551.
4. Isaías 7:14; véase también Mateo
1:18-25.
5. Mosíah 3:5, 7-8.
6. Mateo 2:2, 10-11.
7. Lucas 2:52.
8. Hechos 10:38.
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