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InicioBiblioteca del EvangelioQuienes somos en realidad
  Quiénes somos en realidad  
   
  Elder Wilford W. Andersen Segundo Consejero de la Presidencia de Area


Se relata la experiencia que tuvo un granjero cuando caminando en las altas montañas, encontró un nido de águila, y en el nido un huevo.  Por curiosidad, retiró el huevo del nido y cuidadosamente lo llevó hasta su granja.  Al llegar a casa, no supo qué hacer con el huevo, así que entró en el gallinero y puso el huevo en el nido de una de las gallinas, la cual con dedicación lo empolló hasta que de él salió un pichón de águila.  Al pasar los meses, la pequeña águila creció hasta llegar a ser un águila adulta - un pájaro magnifico.  Pero desgraciadamente, el águila pensaba que era gallina, pues pasaba su tiempo cada día en el gallinero escarbando la tierra y portándose como las gallinas.

El granjero se sintió mal al ver un ave tan majestuosa encerrada en un gallinero, por lo que un día tomó la decisión de soltarla para que pudiera volver a su vida de águila.  Así que abrió la puerta del gallinero e invitó al águila a que saliera, pero sorprendentemente el águila no quiso.  Entonces, el granjero entró en el gallinero y llevó al águila afuera diciéndole que no era gallina y que no podía seguir viviendo como las gallinas.  La arrojó al aire, pero el águila cayó al suelo y entró otra vez al gallinero.

El granjero, determinado entró al gallinero, puso al águila en una bolsa y le llevó de vuelta a la misma montaña alta donde había encontrado el huevo.  Al llegar, sacó al águila de la bolsa y levantándole en alto, le dijo, "Águila, tú no eres una gallina.  No puedes vivir más una vida de gallina. Tienes que volver a la vida noble de un águila.  Tienes que volar."  Entonces lanzó al águila por el risco.

Al principio, el águila estuvo confundida. Empezó a caer hacia el valle, pero una vez el viento dio en sus alas, y al ver a la distancia la gran vista del valle debajo de si, fue como si estuviera recordando una vida anterior.  Expandió sus grandes alas y nunca jamás volvió al gallinero.

Hermanos y hermanas, nosotros somos como el águila.  Tuvimos nuestros inicios en otro lugar - un lugar mucho más elevado y noble que este mundo.  Tenemos un linaje divino y un destino real.  Pero nacimos aquí en esta tierra sin guardar memoria de nuestra vida anterior.  Aquí vivimos por debajo de nuestros derechos como hijos e hijas de Dios.  Entonces un pariente, un vecino o un amigo nos invitó a salir del gallinero - a dejar atrás los hábitos mundanos, los deseos egoístas y lo carente de importancia. Los misioneros nos enseñaron que nunca fuimos gallinas sino águilas con un propósito divino y un futuro glorioso.  Como si estuviéramos recordando lo que antes sabíamos, hemos aprendido de nuestra vida anterior, del propósito de la vida aquí en la tierra, y del gran futuro que nos espera si cumplimos con los mandamientos.

Cuando sabemos realmente quienes somos, nuestras actitudes y deseos cambian.  En la Perla de Gran Precio leemos acerca del encuentro que tuvo Moisés, primero con Dios y después con Satanás.  Antes que nada, Dios le enseñó a Moisés quién era en realidad:

"1... [Moisés] fue arrebatado a una montaña extremadamente alta,

2.  y vio a Dios cara a cara, y habló con él, y la gloria de Dios cubrió a Moisés; por lo tanto, Moisés pudo soportar su presencia.

3. Y Dios habló a Moisés, diciendo: He aquí, soy el Señor Dios Omnipotente, y Sin Fin es mi nombre; porque soy sin principio de días ni fin de años; ¿y no es esto sin fin?

4. He aquí, tu eres mi hijo. . .

6. Y tengo una obra para ti, Moisés, hijo mío; y tú eres a semejanza de mi Unigénito. . ." (Moisés 1:1-4, 6)

Por haber aprendido su identidad real como hijo de Dios, Moisés tuvo el poder para rechazar a Satanás cuando en seguida se le apareció demandando que le adorase:

"12. Y aconteció que cuando Moisés hubo pronunciado esas palabras, he aquí, Satanás vino para tentarlo, diciendo: Moisés, hijo de hombre, adórame.

13. Y sucedió que Moisés miró a Satanás, y le dijo: ¿Quién eres tú? Porque, he aquí, yo soy un hijo de Dios, a semejanza de su Unigénito. ¿Y dónde está tu gloria, para que te adore?" (Moisés 1:12-13)

Nuestra identidad como hijos e hijas de Dios es una doctrina que Dios nos ha enseñado desde el principio.  Encontramos la doctrina bien clara en la Biblia. En su epístola a los romanos, Pablo lo enseñó de la siguiente manera:

"16. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

17. y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados." (Romanos 8:16-17)

Sabiendo que Dios es nuestro Padre - que nosotros realmente somos sus hijos - podemos tener la plena confianza de que El nos ama.  Cristo nos enseñó este principio hablando de la oración:

"7. Pedid, y se os dará; buscad, y hallareis; llamad, y se os abrirá.

8. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.

9. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?

10. ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?

11. Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan? (Mateo 7:7-11)

El saber que somos hijos e hijas de Dios también afecta la relación con nuestros semejantes.  Si Dios es nuestro Padre, implica que nosotros somos verdaderamente hermanos y hermanas - parte de la gran familia de Dios.  Tenemos responsabilidades el uno con el otro de tratarnos con respeto y amor,  de cuidarnos y apoyarnos en las necesidades que tengamos.

No hay doctrina más básica que esta, que nosotros somos literalmente hijos e hijas de Dios.  Su gran deseo es recibirnos otra vez en casa, limpios y puros, y preparados para vivir para siempre como familia en las eternidades. ¥

 

 
   
 
 
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